
Me gustaría arrancar esta columna retratando lo que veo últimamente en las redes sociales: candidatos que prometen bajar impuestos, subir subsidios, arreglar vías, dar empleo, mejorar hospitales, construir colegios y además no endeudar al país. Y la gente aplaude, ovaciona porque claro, todos queremos vivir mejor.
El problema no es soñar en grande. El problema es que muchas veces nadie nos explica cómo se paga todo eso. Y es que gobernar no es hacer una lista de deseos, gobernar es tomar decisiones con plata limitada, instituciones lentas y leyes que ponen límites.
Es simple, un alcalde no puede prometer un metro si el municipio no tiene cómo financiar ni el mantenimiento de las calles. Un presidente no puede bajar todos los impuestos y al mismo tiempo aumentar el gasto público como si el presupuesto fuera infinito.
Traigamos esto a un ejemplo. Si en su casa entran dos millones al mes, usted no puede asumir gastos de cinco millones solo porque “sería ideal”. En el Estado pasa lo mismo! Por eso no todo lo que promete un político se puede cumplir, algunas cosas son simplemente inviables, otras dependen del Congreso o requieren de años, y muchas simplemente son imposibles con el presupuesto disponible.
La política no debería parecer una subasta de promesas imposibles. Necesitamos aprender a escuchar con más criterio, a exigir números, prioridades y rutas claras. Recuerde que cuando un gobernante promete todo, normalmente termina incumpliendo mucho.
Así que antes de compartir una propuesta o enamorarse de un discurso, haga tres preguntas básicas: ¿Se puede pagar? ¿Se puede ejecutar? ¿Se puede sostener en el tiempo?
Colombia se defiende aprendiendo a diferenciar entre lo popular y lo posible.



