En un contexto como el colombiano, donde las enfermedades cardiovasculares siguen teniendo un peso importante, reducir demasiado la movilidad también puede aumentar riesgos.
Descansar ayuda, pero hacerlo más de la cuenta no siempre acelera la recuperación. Después de una gripa fuerte, un dolor de espalda, una cirugía menor o una hospitalización, muchas personas prolongan el reposo por miedo a recaer. El problema es que, cuando ese descanso se extiende sin indicación clara, puede convertirse en un factor de riesgo y retrasar la mejoría.
La idea central, explica Yesenia Lizeth Quintero Perea, directora del programa de Enfermería de Areandina, sede Valledupar, es diferenciar el reposo terapéutico de la inmovilidad innecesaria. “El reposo es terapéutico cuando está indicado para estabilizar al paciente, por ejemplo, en una fase aguda con dolor intenso, fiebre alta o riesgo de complicación inmediata”, señala. Pero esa indicación no es indefinida. “Cuando la persona ya está hemodinámicamente estable y sigue en cama sin una razón clínica clara, el reposo empieza a volverse un riesgo, porque el cuerpo está diseñado para moverse”, agrega.
Ese cambio puede ocurrir rápido. Según Quintero, desde la fisiología ya se observan efectos negativos de la inmovilidad en adultos jóvenes sanos entre las 48 y 72 horas, especialmente en la fuerza muscular. En adultos mayores, el panorama es más delicado: la pérdida de masa muscular y de resistencia puede empezar desde los primeros días. “No es algo que ocurra solo después de semanas; en pocos días ya puede haber cambios medibles y mayor riesgo de dependencia funcional”, advierte.
El impacto no se limita a músculos o cansancio. En un contexto como el colombiano, donde las enfermedades cardiovasculares siguen teniendo un peso importante, reducir demasiado la movilidad también puede aumentar riesgos. La vocera explica que el exceso de reposo disminuye el retorno venoso y eso favorece la trombosis venosa profunda. Además, puede alterar el control de la presión arterial y reducir el gasto energético, lo que facilita aumento de peso y alteraciones metabólicas como resistencia a la insulina. En resumen, una persona que se mueve menos de lo necesario, especialmente después de una hospitalización, puede aumentar su riesgo cardiovascular en vez de protegerse.
Cómo descansar sin inmovilizarse de más
Uno de los mensajes más importantes de la vocera es que hoy las guías médicas, en muchos casos frecuentes, recomiendan movilización temprana y progresiva, no reposo absoluto prolongado. En dolor de espalda, por ejemplo, ya no se aconseja quedarse en cama varios días sin moverse, sino realizar movimiento controlado según tolerancia. En gripa fuerte, el manejo suele ser descanso relativo: bajar el ritmo, hidratarse, dormir y recuperarse, pero no permanecer acostado todo el tiempo si la persona puede levantarse. Y en cirugías menores, movilizarse de forma temprana ayuda a prevenir trombosis y complicaciones respiratorias.
“El error frecuente es interpretar reposo como ‘no me puedo mover nada’ y prolongar el descanso más allá de lo indicado; eso termina retrasando la recuperación”, afirma Quintero. Esa confusión también aparece en personas con incapacidad médica o en teletrabajo, que pasan horas sentadas y creen que guardar reposo significa evitar cualquier movimiento.
La recomendación práctica no es desobedecer la incapacidad ni hacer ejercicio por cuenta propia, sino distinguir entre reposo e inmovilidad total. Según la docente de Areandina, pueden servir estrategias sencillas y seguras: pausas activas cada una o dos horas, cambios frecuentes de posición, movilizaciones suaves indicadas por el médico o fisioterapeuta, y ejercicios isométricos cuando la persona no puede levantarse. Cuando ya existe autorización médica, retomar actividad física moderada de forma progresiva también hace parte del tratamiento.
“La idea no es forzar el cuerpo, sino mantenerse activo dentro de lo permitido, porque el movimiento también es parte de la recuperación”, concluye Quintero. Esa frase resume el mensaje de fondo: descansar sí, pero con criterio clínico. Si aparecen señales de alarma al retomar movimiento —como dolor intenso, falta de aire, mareo, hinchazón marcada o empeoramiento general— se debe consultar de nuevo. Pero, fuera de esas alertas, prolongar el reposo por miedo puede salir más caro para la salud que una movilización gradual, segura y acompañada.
En casa, una regla útil es preguntarse: ¿mi médico indicó reposo absoluto o reposo relativo?, ¿qué movimientos sí están permitidos?, ¿cada cuánto debo cambiar de posición? Esa claridad reduce el miedo, mejora la adherencia y evita excesos que prolongan la incapacidad.
