
Lo que está pasando en la plaza de la 21 no es normal y tampoco puede seguir tratándose como un problema menor de aseo o de orden público. La situación se está saliendo de control, no aguanta más diagnósticos, ni más visitas con chaleco, ni más promesas de intervención.
Después del incendio de la calle 19, el problema se agravó. Lo que antes ya era difícil, hoy se ve peor, los comerciantes ahora deben competir contra la suciedad, el mal olor, el desorden, el hurto, el consumo de sustancias y la indiferencia institucional. Todo se está concentrando alrededor de una plaza que debería ser un centro de abastecimiento, trabajo y vida comercial, pero que poco a poco se está convirtiendo en una zona de abandono.
El problema no es la existencia de las plazas, sino la falta de un modelo moderno para gestionarlas. Y no hay que inventar el agua tibia, Bogotá y Medellín ofrecen ejemplos útiles. En Bogotá, las plazas distritales han sido incorporadas a una estrategia de economía popular, abastecimiento, turismo gastronómico y fortalecimiento comercial. En Medellín, el Distrito adoptó un modelo de gestión para sus plazas públicas, con reglas sobre administración, operación, conservación, uso de los inmuebles, obligaciones de los comerciantes, manejo ambiental y participación.
Así que esto no se resuelve con una barrida de vez en cuando, ni con una visita ocasional de la autoridad, ni con anuncios para la foto. La Plaza de la 21 necesita una intervención urgente y permanente.
Si la administración tiene la intención real de hacer un cambio debería establecer una mesa permanente en territorio liderada por Infibagué, pero con la presencia de al menos las secretarias de Gobierno, Salud, Ambiente, Desarrollo Económico, y Desarrollo social.
Los usuarios, a través de quienes nos representan en el concejo, deberíamos exigir la recuperación inmediata del entorno. Limpieza profunda, retiro de residuos, control de puntos críticos, iluminación, vigilancia, control al consumo de drogas, rutas de atención para habitantes de calle y orden en los accesos. La plaza no puede seguir siendo el lugar donde se acumula todo lo que la ciudad no quiere mirar, porque una cosa es tener sensibilidad social y otra muy distinta es permitir que un punto vital de Ibagué se convierta en una bomba de tiempo.
La Plaza de la 21 está llegando a un punto crítico. Si no se actúa ya, esto puede implosionar. Y cuando eso pase, todos saldrán a decir que era evidente, que se veía venir, que había alertas.



