OPINION

El Sistema que fabrica jóvenes sin futuro – Columna de Julio César Ortiz

Hay una escena que se ve en miles de hogares latinoamericanos. Un joven de veinte y pico de años, levantado al mediodía, sin trabajo, sin estudio, con el celular como única ventana al mundo. Y la respuesta social es siempre la misma: «es un vago.» Punto. Diagnóstico cerrado. Caso resuelto. Pero ese conformismo intelectual es, exactamente, la forma más eficaz de no ver el problema real.

Según la Organización Internacional del Trabajo, hoy hay 262 millones de jóvenes en el mundo que no estudian ni trabajan. En América Latina esa cifra alcanza los 21 millones, casi uno de cada cinco jóvenes. Y en Argentina, en Chile, en Colombia, en Honduras, en Guatemala, ese número no para de crecer. No por casualidad. No por flojera colectiva. Sino porque hay un sistema que falla, y falla sistemáticamente, y nadie en los despachos del poder parece tener demasiada urgencia en arreglarlo.

El término "nini" viene del inglés, apareció en el Reino Unido a fines de los noventa y explotó después de la crisis de 2008. La etiqueta es agradable porque permite clasificar sin explicar, nombrar sin responsabilizarse. Pero detrás de esa categoría hay realidades que no caben en una sola palabra. Hay chicas de diecisiete años que cuidan a sus hermanos menores porque la familia no puede pagar una guardería. Hay varones con título universitario que mandan currículums a decenas de empresas y no reciben respuesta porque "les falta experiencia", ese círculo perverso donde para tener experiencia necesitás trabajo y para tener trabajo necesitás experiencia. Hay jóvenes rurales que directamente no tienen acceso a educación de calidad ni transporte para llegar a ella. Llamar "vago" a todo eso no es un análisis, es una ofensa.

 Ahora bien, siendo justos con la complejidad del asunto, también existen jóvenes que, pudiendo elegir, no eligen. Que cuentan con el soporte de sus familias y han desarrollado una relación tan estrecha con el confort que la frustración más mínima los paraliza. Eso existe y hay que nombrarlo. El problema es cuando se toma esa parte y se la convierte en el todo, cuando se generaliza para no tener que mirar lo que el Estado dejó de hacer.

Y acá está el nudo de la cuestión. En Argentina particularmente, la inversión en educación lleva años siendo una promesa de campaña antes que una política real. Se habla de escuelas, se inauguran actos, se reparten computadoras en los años electorales, y después la infraestructura educativa se cae a pedazos, los docentes cobran salarios que no alcanzan y los jóvenes de los barrios más vulnerables terminan en instituciones que no están en condiciones reales de prepararlos para el mundo que viene.
La brecha entre lo que el sistema educativo ofrece y lo que el mercado laboral exige es tan grande que para muchos jóvenes la deserción no es una decisión, es una consecuencia lógica de la falta de condiciones.

 Acá conviene detenerse en una voz que viene de nuestra propia orilla. La psicopedagoga argentina Alicia Fernández, en su obra fundamental "La inteligencia atrapada", plantea algo que interpela directamente esta realidad, la inteligencia no es una capacidad fija que el sujeto trae consigo, sino algo que se construye, o se destruye, en el vínculo con el entorno. Cuando ese entorno, llámese familia, escuela o Estado, no ofrece las condiciones necesarias, la inteligencia no desaparece, queda atrapada, aralizada, imposibilitada de desplegarse. Y eso es exactamente lo que le está pasando a millones de jóvenes latinoamericanos hoy. No son incapaces. Son producto de un sistema que los atrapa antes de darles la posibilidad de volar.

El Banco Interamericano de Desarrollo señala que el 27% de los jóvenes latinoamericanos de entre 18 y 24 años no termina la secundaria. En Guatemala seis de cada diez jóvenes abandona antes. En Honduras cinco de cada diez. Y los jóvenes del sector socioeconómico más bajo abandonan tres veces más que los que provienen de hogares con mayores recursos. Tres veces más. Eso no habla de motivación individual. Habla de injusticia estructural.
 La incertidumbre que hoy viven los jóvenes es real y es abrumadora. El mundo del trabajo cambió radicalmente, la inteligencia artificial está redibujando qué profesiones tienen futuro y cuáles no, los salarios en muchos sectores no alcanzan para una vida digna, y el acceso a la vivienda es prácticamente una fantasía para quien no nació en una familia con capital. 
Frente a esa pared, la desidia no es vagancia. Es, muchas veces, una forma de autoprotección ante un horizonte que no ofrece respuestas claras. Si nadie te garantiza que el esfuerzo va a valer algo, el esfuerzo empieza a perder sentido. Eso es lo que el sistema les está enseñando sin decírselos.
La Escritura tiene algo que decir sobre esto. En el libro de Proverbios se advierte que donde no hay visión el pueblo perece. Y eso es precisamente lo que le están negando a una generación entera, visión. No vagancia sino ausencia de horizonte. No apatía sino respuesta adaptativa a un mundo que los excluye antes de darles una oportunidad real.
Las soluciones existen, y los propios organismos internacionales las enumeran. Mejorar la calidad educativa y hacerla pertinente para el mundo actual.    
Acompañamiento vocacional real, no charlas de cuarenta minutos una vez por año. Políticas de empleo juvenil que no sean parches sino estructuras. Reconocer el trabajo de cuidado no remunerado que realizan millones de jóvenes, especialmente mujeres, como aporte económico legítimo. Y fundamentalmente, invertir. Invertir con convicción y con continuidad, no con demagogia.
Mientras los gobiernos discuten ajustes y déficit y prioridades que nunca incluyen la juventud en serio, los 21 millones de jóvenes latinoamericanos que hoy no estudian ni trabajan siguen acumulando años sin capital humano, sin seguridad social, sin futuro estable. Y los que más vulnerables son, los más pobres, los más alejados de los centros urbanos, los que cargaron con responsabilidades que no eran suyas desde adolescentes, son los que pagan el precio más alto.
Llamarles vagos es el lujo de los que nunca tuvieron que elegir entre estudiar y comer. O entre estudiar y cuidar a un hermano. O entre estudiar y sobrevivir.

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