Muchos colombianos, miran con preocupación la llegada de Abelardo de La Espriella a la Presidencia. Yo diría que más que temor, ese hecho debe generar expectativas, porque tiene mucho de inédito. Abelardo ganó la Presidencia sin un partido u organización política que lo respaldara; Gaitán lo tenía al igual que Rojas Pinilla, los dos candidatos atípicos, que ha tenido Colombia, pero Abelardo ni lo tiene ni lo acepta, al menos oficialmente. Ganó la presidencia con un apoyo ciudadano que es de él y de nadie más; y así como lo rodeó, lo puede abandonar.
Fue radical en sus críticas a lo existente e interpretó un sentir ciudadano, de rabia con ello y de necesidad de un cambio, envuelto en un sentimiento difuso de abandono social. Muchos de sus electores se sienten traicionados o defraudados por Petro, quien siempre ha tenido y conservado el apoyo de una tercera parte de los electores, cifra importante pero insuficiente para gobernar.
Ofreció un cambio, que la gente reclamaba pero que finalmente no realizó; obvio que hizo cosas, es imposible no hacerlo cuando se es gobierno, pero sus promesas, sus discursos de cambio, muchos cósmicos e indefinidos, se quedaron flotando en el vacío del éter universal que tanto le gusta. Petro no es un ejecutor, es un movilizador social, un soñador etéreo y continuará siéndolo.
Abelardo por su parte, en la línea de Álvaro Gómez y de Antanas Mockus, busca generar una dinámica de opinión, un “acuerdo sobre lo fundamental”. Lo hace personalmente, directamente y la gente le está creyendo porque lo ve jugado, poniéndole el pecho a la brisa. Creo que tiene claro que Colombia reclama menos discursos y más acción y más compromisos concretos, llamando las cosas por su nombre, sin disimular lo que busca hacer. Acabará con la paz total petrista, que es un fracaso total; reconoce sin rodeos y sin ambigüedades que hoy los grupos armados son organizaciones criminales que pretenden seguir con un ropaje político; Petro les aceptó el punto, con los resultados que conocemos. Abelardo por su parte, les dio un ultimátum: que se entreguen y se sometan a las leyes, acogiéndose a los beneficios que estas les puedan brindar; nada más, pero tampoco, nada menos; y si no, les caerá con el peso del Estado y de la justicia.
Un segundo punto que destaco de la posición de Abelardo, es reconocer que el desarrollo del país, como lo establece la Constitución, se logra, se construye a partir de los territorios que lo conforman; sus políticas tendrán ese sello. Este análisis no es nuevo, simplemente parece que ahora podría ser realidad. Ello le facilitaría allanar una buena parte de las dificultades de gobernabilidad, que le ocasionaría su distancia con la política tradicional, montada en los partidos; la suya sería más directa, con la gente en las regiones. Es a partir de personas vinculadas a las regiones, comprometidas con acciones y programas concretos de desarrollo y de trabajo con las comunidades y organizaciones ciudadanas, como parece que Abelardo conformará su equipo, articulado por los acuerdos y compromisos sobre proyectos concretos, que sustenten acuerdos políticos específicos, que se proyectarían en acuerdos nacionales y regionales, que no serían universales, de enunciados e intenciones generales, sino específicos, para adelantar programas concretos y compartidos.
Las expectativas son grandes entre quienes hoy le creen al nuevo Presidente y quienes lo critican y atacan, lo que es normal en una democracia. Nos esperan meses muy difíciles, donde el debate político no debe oscurecer el escenario, aún más. Los acuerdos concretos son posibles en medio de las diferencias, por grandes que estas sean. Colombia los necesita. Los hechos nos dirán quienes tenían razón.



