OPINION

Perspectivas y retos de la IA en procesos biotecnológicos: cuando los algoritmos aprenden a cultivar vida – Opinión

Durante años, la biotecnología ha sido la ciencia de la vida: la búsqueda de respuestas a infinidad de interrogantes por comprender, entender, modificar y aprovechar los procesos biológicos de cada ser vivo en beneficio de la humanidad. Pero hoy, una nueva forma de inteligencia se asoma al lente del microscopio: la inteligencia artificial (IA). En los laboratorios más especializados y modernos, los algoritmos y los metadatos comienzan a convertirse en grandes aliados invisibles del investigador científico, capaces de analizar miles de datos biológicos en segundos, predecir o dirigir comportamientos de microorganismos o incluso diseñar proteínas desde cero. La IA no solo está acelerando y dando pasos gigantes en los procesos biotecnológicos: está redefiniendo y reestructurando la forma en que pensamos la vida. En un mundo en constante evolución, donde la crisis climática y la seguridad alimentaria se agudizan, combinar la precisión de los algoritmos con la ideación y creatividad del pensamiento científico humano podría ser la clave para un futuro más sostenible y resiliente. Sin embargo, el desafío y el respeto no está solo en lo técnico, sino en lo ético, lo político y lo social: ¿cómo aseguramos que la inteligencia artificial en biotecnología sirva al planeta y no solo al mercado?

Día a día, la biotecnología genera cantidades inmensas de información: secuencias genómicas, metabolitos, rutas enzimáticas, parámetros de fermentación, o interacciones moleculares. Analizar y comprender esa cascada de datos con métodos tradicionales es casi imposible. Aquí la IA entra como una herramienta transformadora: algoritmos de aprendizaje profundo son capaces de encontrar patrones invisibles para el ojo humano, optimizar procesos industriales y reducir costos de investigación que antes requerían años. Por ejemplo, en bioprocesos fermentativos, los modelos de IA ya pueden predecir en tiempo real el comportamiento de microorganismos, ajustar niveles de pH o nutrientes y maximizar la producción de bioinsumos. En ingeniería genética, los algoritmos pueden diseñar secuencias de ADN con propiedades específicas o identificar combinaciones de genes con mayor estabilidad o eficiencia metabólica. En el campo de la bioenergía, la IA se usa para seleccionar cepas capaces de degradar residuos orgánicos y transformarlos en biogás o bioplásticos.

Sin embargo, la promesa tecnológica trae consigo un reto más grande. No basta con generar datos ni entrenar algoritmos, se necesita conciencia, propósito y control. En un país como Colombia, donde la biodiversidad es patrimonio estratégico, aplicar IA en biotecnología sin una regulación clara ni soberanía sobre los datos biológicos puede ser un error histórico imposible de corregir. Los modelos de IA aprenden de nuestro capital genético, y si ese conocimiento no se protege, terminará en manos privadas, convertido en patentes extranjeras. La decisión no es técnica, es política: o defendemos la ciencia como bien público, o veremos cómo la inteligencia artificial transforma nuestra biodiversidad en propiedad ajena.

Por eso, la integración de la inteligencia artificial en los procesos biotecnológicos debe formar parte de una política científica de Estado, amplia y transversal. No puede limitarse solo al enfoque ambiental, aunque este sea esencial para enfrentar la crisis climática. También debe abarcar el ámbito sanitario, fortaleciendo la investigación genómica, la bioseguridad y el desarrollo de medicamentos y vacunas con datos nacionales; el sector agroindustrial, garantizando soberanía alimentaria mediante biotecnología agrícola inteligente; el campo económico, impulsando startups y cadenas de valor basadas en conocimiento; y el enfoque ético-social, que asegure acceso equitativo, respeto por la diversidad cultural y protección de los datos biológicos. 

La IA no debe reemplazar la mirada del científico, sino expandirla; no debe acelerar solo la productividad, sino también la conciencia. Si se orienta con propósito, puede convertir a la ciencia colombiana en un motor de sostenibilidad, salud y desarrollo soberano. Pero si se deja sin dirección ni marco ético, corre el riesgo de transformar nuestro conocimiento biológico en mercancía y nuestra biodiversidad en un recurso ajeno.

Cada uno de estos campos representa una oportunidad para unir el conocimiento biológico con el poder analítico de la tecnología, siempre que el enfoque sea humano, ambiental y sostenible, no meramente financiero. La inteligencia artificial amplifica nuestra capacidad de observar, pero también refleja nuestras intenciones. Si la usamos con propósito, puede ayudarnos a regenerar suelos, descontaminar ríos, producir alimentos limpios y democratizar la ciencia. Pero si la dejamos en manos de intereses cortoplacistas, podría profundizar desigualdades y apropiarse del patrimonio biológico común.

Colombia tiene la oportunidad de liderar en Latinoamérica una revolución biotecnológica asistida por IA, basada en la sostenibilidad y la soberanía científica. Para ello, se necesita una visión política que integre educación, innovación y ética ambiental en un mismo marco. La IA no sustituye al científico; lo invita a pensar distinto. La ciencia del futuro no solo cultivará células: cultivará ideas, conciencia y responsabilidad. Y en ese laboratorio del mañana, los algoritmos serán socios silenciosos de una humanidad que aprende a pensar con la mente, pero también con el ecosistema que lo rodea.

Porque en última instancia: el verdadero propósito de la ciencia y de la inteligencia no es dominar la vida, sino comprenderla y preservarla.

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